BELIEVERS BOOKSHELF CANADA INC.

THE LORD IS NEAR 2020

 
19/01/2020

Lord’s Day



January



19



By faith Abel offered to God a more excellent sacrifice than Cain.       

Hebrews 11:4

NKJV



The Excellency of Christ and His Work



Abel had faith, and, therefore, he offered both blood and fat, which, in type, set forth the presentation of the life, and also the inherent excellency of the Person of Christ

(Gen. 4:4)

. The blood set forth the former; the fat shadowed forth the latter. Both blood and fat were forbidden to be eaten under the Mosaic economy. The blood is the life; and man, under law, had no title to life. But, in the sixth of John, we are taught that unless we eat blood we have no life in us. Christ is the life. There is not a spark of life outside of Him. “In Him was life,” and in none else.



Now, He gave up His life on the cross; and to that life sin was, by imputation, attached when the blessed One was nailed to the cursed tree. Hence, in giving up His life, He gave up also the sin attached thereto, so that it is effectually put away, having been left in His grave from which He rose triumphant in the power of a new life, to which righteousness as distinctly attaches itself. This will help us to an understanding of an expression used by our blessed Lord after His resurrection: “A spirit does not have flesh and bones as you see I have.” He did not say “flesh and blood,” because in resurrection He had not assumed into His sacred Person the blood He had shed upon the cross as an atonement for sin.



Close attention to this point will have the effect of deepening, in our souls, the sense of the completeness of the putting away of sin by the death of Christ; and we know that whatever tends to deepen our sense of that glorious reality must necessarily tend to the fuller establishment of our peace, and to the more effectual promotion of the glory of Christ.



C. H. Mackintosh








19/01/2020

Día del Señor 19 Enero



Haced esto en memoria de mí… Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga. (1 Corintios 11:24,26)



RECORDAR AL SEÑOR JESÚS



Cristo no podía soportar ser olvidado por “los suyos”, a los cuales amó hasta el fin. Alguien podría decir que se trata de corazones indignos; si, es verdad, pero Jesús cuida de ellos: murió para hacer- los suyos, y cuenta con que hagamos memoria de Él. Para eso nos dio algo que es la dulce expresión de su entrega por nosotros. Así que cuando participamos de la Cena del Señor, junto con anunciar su muerte, también expresamos que lo amamos y lo extrañamos mientras estamos en un mundo que lo rechazó. Él mismo le otorga ese carácter: “Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga”.



Son los vestidos del luto que la Iglesia viste mientras atraviesa una escena desolada por Su muerte, y en la cual no encuentra descanso para su corazón. Ella tan solo se detiene en torno al sitio donde su cruz y su tumba expresan lo que hay en el corazón del mundo hacia Él. Por fe lo conocemos como Aquel que está en la gloria, y allí tene- mos descanso en comunión con Él. Pero esto sólo hace que sinta- mos más profundamente el rechazo del mundo hacia Él, y la cruz por la cual el mundo es crucificado a nosotros y nosotros al mundo. Nuestros corazones contemplan la desolación que nos rodea, generando que nos alejemos en espíritu lo más lejos posible. Esto nos hace anhelar una identificación más completa con Él en su rechazo, pues esa es la mejor y más brillante porción que Él pudo darnos en este mundo. Este no es un logro que sólo alcanzan los cristianos más avanzados, sino lo que Cristo busca de cada corazón que lo ama. Oigámoslo decir: “Haced esto en memoria de mí”, y “la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga”. ¿No es como si nos dijera: «me extrañan»? «¿Desean que regrese?» ¡Oh, amados!



¿qué responden nuestros corazones ante los desafíos de su amor?



J. A. Trench