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THE LORD IS NEAR 2020

 
22/02/2020

Saturday



February



22



You shall not see your brother’s ox or his sheep going astray, and hide yourself from them; you shall certainly bring them back to your brother … You shall do the same with his donkey … with any lost thing of your brother’s, which he has lost and you have found, you shall do likewise.       

Deuteronomy 22:1, 3

NKJV



An Ox, a Donkey, and a Sheep—Principles of Restoration



The Lord cares for all His people and has paid the supreme price of shedding His precious blood to redeem them. He will not let them go. He also knows all the dangers and pitfalls that face His people in this world. In these verses, the Lord is illustrating to us the need to have a godly concern for our brother. If any of these three animals (an ox, a sheep, or a donkey) goes astray and someone finds it, what is he to do? Return it to the owner—to your brother! Instead of scolding him for his possible carelessness, his loss becomes an opportunity to minister Christ to him.



We find these words written about the ox: “You shall not muzzle an ox while it treads out the grain”

(1 Cor. 9:9)

. The spiritual lesson here is plain. If my brother has lost the ability to tread out the grain, he is not getting his spiritual food and will soon be undernourished.



Next comes the sheep, and the Scriptures are full of examples of this animal as a sacrifice. “Behold! The Lamb of God who takes away the sin of the world!”

(Jn. 1:29)

. If an Israelite did not have a sheep or lamb, he could not celebrate the Passover nor bring an offering to the Lord. Likewise today, if a brother loses his appreciation of Christ and His sacrifice, he will be unable to worship and bring an offering to God.



Then there is the donkey, the animal used to carry burdens. Many Christians are groaning under a heavy burden and have lost their direction to go to Christ and find rest. Let us lead them to the One who has said, “Come to Me, all you who labor and are heavy laden, and I will give you rest”

(Mt. 11:28)

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Jacob Redekop








22/02/2020

Sábado 22 Febrero

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llama- dos hijos de Dios. (1 Juan 3:1)

Sin duda alguna, el amor del Padre es el tema más elevado en la revelación del cristianismo. Este irradia especialmente al círculo familiar de la gracia. El amor de Dios está dirigido, en su exten- sión ilimitada, a todo el mundo, y es proclamado a todos los hom- bres, para que sea escuchado por los oídos de la fe. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Y a aquellos que creen nada los podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:39). ¡Pero el amor del Padre es de otro carácter!

Entonces, ¿qué tipo de amor es el que el Padre nos ha dado, y que somos exhortados a mirar? ¿Es un amor que se despertó, e incluso se causó, debido a nuestra profunda necesidad? Todos nos apresu- ramos (precipitadamente, y de una forma algo egoísta) a asumir que el amor del Padre recibe su carácter del hecho que nosotros, malva- dos e indignos objetos de la gracia divina, somos capaces de estar ante Él en la relación de hijos amados. Y si este es nuestro único punto de vista respecto a su amor, entonces fallaremos en captar las alturas invisibles de su amor, así como su ilimitada extensión.

No, el amor recibe su principal cualidad de parte de Aquel que ama. Por lo tanto, nuestro mayor gozo no es que seamos los objetos del amor divino, aunque jamás debemos olvidar el amor que nos hizo hijos de Dios. Quienes conocemos a Aquel que es desde el principio no sólo nos regocijamos en el amor que es de Dios, sino en el Dios que es amor (1 Jn. 4:7-8), en Aquel que ama sólo como el Dios que es amor puede amar. Además, en una intimidad aún más profunda, bendecimos al Padre, no simplemente (ni siquiera principalmente) porque somos amados por Él, sino porque el Padre mismo nos amó, y debido a que Él nos ama solamente como el Padre, que es Dios, puede amar. ¡Ah, el amor del Padre!

W. J. Hocking